Hay algo perverso en los cuentos clásicos para niños. ¿Será porque en esa época no había telenovelas? Aunque surgieron de la tradición oral, las versiones que conocemos en la actualidad fueron depuradas por un tal Charles Perrault a fines del siglo XVII y más tarde acarameladas para Disney por los hermanos Grimm. Prefirieron omitir una que otra mutilación, varios actos de antropofagia y un par de violaciones. Parece que tenían poco marketing. Olvidémonos por un momento del trasfondo social. Así y todo se puede leer entre líneas que “Hansel y Gretel” es un manual para pedófilos. Esa relación entre Blancanieves y los enanitos, y los enanitos entre ellos, es muy sugerente. La madrastra de Blancanieves, cruza de Dorian Gray con Alexis Carrington-Colby, la manda asesinar por pura envidia con una manzana envenenada. Las alegorías bíblicas son también bastante ambiguas. Ah, y no hay una que tenga madre, es puro guacherío. Nunca supe cuál es la enseñanza de “La Caperucita Roja” porque yo siempre me identifiqué con el lobo feroz, que se morfa a la abuelita sin ningún problema. Y eso que no conocía la versión original en la que el lobo también se devora a caperucita por gastarle una broma respecto a sus dientes. Es que los británicos tienen un complejo odontológico, vistes.
Así es que tuve mis reservas cuando un amigo que estudia una maestría en Lingüística me pidió que le narrara – con mis propias palabras y en castellano – la historia de “La Cenicienta” frente a un grabador. “Es para analizar cómo usas los tiempos de verbo” me dijo. “No te va a llevar más de cinco minutos. Necesito gente que hable español como primera lengua”. Sin darme tiempo para un ensayo previo o preparación alguna, se apersonó un día en mi oficina con un grabador de periodista para que le contara la historia. El resultado no es el mejor exponente de mis talentos literarios, pero aquí está la transcripción. Van a poder notar un par de cosas. La primera es que los tiempos de verbo los uso como el culo. Y la segunda, cómo se está contaminando de a poco mi castellano cuando me sale impromptu una palabra en inglés.
La Cenicienta, por Lou Cid
Bueno, había una vez una chica – una niña – llamada Cenicienta que vivía con su madre adoptiva y sus dos hermanastras, y la tenían de sirvienta. Y siempre le decían que era fea y tonta. La verdad es que ella era muy bella y las hermanas eran las feas y tontas. Y el Príncipe estaba organizando una fiesta. Entonces las hermanas, todas alborotadas, se prepararon para la fiesta. Pero Cenicienta, que pensaba que iba a ir, no la dejaban ir al baile del Príncipe. Entonces aparece un Hada Madrina que le cede el deseo de poder ir al baile, pero le dice que ella le va a conceder el deseo de darle un vestido bello y todo para ir al baile y un carruaje, pero que a la medianoche tiene que volver porque se termina el encanto. Entonces la Hada Madrina le pega con la varita mágica, le pone un vestido precioso y le da un carruaje y todo para ir al baile. Y cuando entra todos se quedan “breathless”, sin aliento, cuando la ven tan bella a la Cenicienta. Y nadie sabe que es ella en realidad. Y el Príncipe inmediatamente la ve y se enamora. Entonces bailan toda la noche y se hacen cariñitos. Pero ella, como la estaba pasando tan bien, se le pasa el tiempo y se da cuenta que ya faltan 5 minutos para la medianoche y tiene que salir a los santos pedos porque se le va a terminar el hechizo. Entonces sale corriendo y cuando va bajando las escaleras se le pierde un zapato. Y sale corriendo rapidísimamente y el Príncipe la sigue, pero alcanza a huir justo a tiempo antes que el carruaje se transformara en un gran zapallo, una calabaza. Y que en realidad los pajes eran ratas. Pero ratas simpáticas. Entonces vuelve a la casa habiendo perdido el zapato. Y al día siguiente el Príncipe, desesperado, empieza a buscar en el principado a ver qué chica era la dueña del zapato. Y era un zapato muy chiquito. Entonces les empieza a probar a todas hasta que llega a la casa de Cenicienta, y por supuesto que como Cenicienta no había estado en el baile, ni la consideraban. Y va y les prueba el zapato a las hermanas feas y bigotudas que tenían unas patas enormes y que ni de casualidad les andaba el zapato. Y entonces cuando el príncipe se estaba por ir, vuelve y dice “Ah, pero le tengo que probar también a Cenicienta”. Y la madre se caga de la risa, diciendo “Pero qué Cenicienta ni Cenicienta si no fue al baile”. Y le prueba el zapato y resulta que le entra pero perfecto. Y bueno, y que se enamoran y se casan y comen perdices y son felices. Y ahí termina el cuento.