Hipótesis

Para los griegos tesis significa “poner” y el prefijo hipo significa “debajo”. O sea que la hipótesis es lo que está puesto debajo de la tesis. Ya sabemos que lo que está puesto debajo de la tesis es el bicho que aplastó mi director de tesis. Ahora bien, yendo mas allá del sentido literal, nos podemos dar cuenta que la hipótesis es lo “que sostiene” la tesis. No, no es el estante de la biblioteca. Más bien se trata de un corpiño o suspensor de las ideas.

Yo me pregunto por qué las hipótesis tienen tanta mala imagen. A menudo escuchamos la frase “pero lo que acabás de decir es hipotético”, cuando en realidad se quiere significar “pero lo que acabás de decir es una tremenda pelotudez”. No hay hipótesis sin tesis. Así es que la tesis es pelotuda en todo caso. Tendría más sentido “pero lo que acabás de decir es tético”. De ahí el paralelismo tesis-hipótesis con las tetas y el corpiño. Siguiendo la analogía, hay que echarle la culpa a las pelotas, no a los calzoncillos. Lo que sostiene realiza una tarea bastante abnegada, sin llevarse de los laureles más que el olor.

De hecho, el que tiene mala prensa es el prefijo “hipo”. Al oírlo, inmediatamente lo relacionamos con terribles enfermedades: hipoglucemia, hipotiroidismo, hipotermia, hipocondría. Lo que quisieron decir ciertos confundidos discípulos de Hipócrates es “nivel deficiente de”, o sea que pifiaron feo, o como dicen mis amigos mexicanos “de plano erraron gacho”. Me queda la duda si Hipócrates era un hipócrita. Otra palabra con mala fama. Y ni hablar de la hipoteca. Me hipotecaron la casa o el auto, como que la culpa es de otro. ¡La hipotecaste vos cuando firmaste el contrato! Bueno, pero medio que me estoy yendo al carajo. A ver si piensan que tengo fallado el hipotálamo.

Pasemos ahora a la hipotenusa, una palabra horrible. Pero sin la hipotenusa los catetos se caen al suelo o – en el espacio – quedan vagando para siempre sin rumbo fijo. Y digo más, ¿qué sería de la tenusa sin la hipotenusa? ¿Y del campo sin el hipocampo? Quizás una excepción a la mala fama es el hipocampo, que antaño tiraba el carro de Poseidón y en la actualidad ha degenerado en la Sarah Kay de las especies marinas. No creo que sean nada bonitos, pero sí son originales. Resulta que, después hacer cositas con la hembra, los hipocampos machos son los que cargan las crías en una bolsa incubadora y para largarlos tienen contracciones y todo. Ojo, a veces también se los morfan después de nacidos. Y bueno, hasta los hipocampos tienen sus defectos.

Un párrafo aparte merece el hipo, rey de los vocablos difamados. Algunos argumentan que se trata de una contracción involuntaria del diafragma. Fíjense que, como el filósofo contemporáneo Pancho Ibáñez dixit,

Todo tiene que ver con todo,

ya que el diafragma en cierto modo es el sostén del corazón. El hipo cumple la vital tarea de devolverte todos los latidos que alguna vez te salteaste. Cuántas veces pareciera que el corazón se detiene momentáneamente, cuando abrís la puerta de tu casa y esta ahí parado un fantasma, drink en una mano y cigarro en la otra, onda nada que ver; o por emociones fuertes, como las desatadas por la catarata química del amor. A pesar que nos salva la vida, los que están a tu alrededor hacen casi lo imposible para detener esos latidos desesperados por salir, enmascarados en hipo. Tomate un vaso de agua haciendo la vertical y contando desde treinta y tres de atrás para adelante, sin saltearte los números racionales, y se te pasa seguro. Dejen al hipo tranquilo. Y no me vengan con que “lo que no te mata, te hace más fuerte” porque a Nietzsche no fue la sífilis sino la falta de hipo que lo dejó babeando por más de una década sin matarlo y no lo fortaleció un carajo. Más respeto por el hipo, por favor, que ya me hicieron enojar. Caramba, un latido menos. ¡Hic!

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