[Interior. Después del almuerzo. Cafetería del campus]
La cafeína hace girar al mundo, pienso. Qué carajo tendrá que ver el estornudo del Big Bang en todo esto. Tan robótica-mente como el eco de la caja registradora, la gordita de la cafetería produce el vuelto. Hace tiempo que su voz impostada de altoparlante de aeropuerto, coronada con sonrisa de látex, no me hace sentir para nada especial.
–Your total is one dollar and fifty-six cents. Out of five? Here is your change, three dollars and forty-four cents. Have a great night!
[Grito de horror. Pero para adentro. No es cuestión de espantar la clientela]
Nooooooooooo…CUATRO monedas de un centavo. Cuatro mugrientos, olorosos, descoloridos pennies que me abultaran inútilmente el bolsillo durante lo que queda del día. Ni siquiera un bulto que llame la atención (in)debidamente. Have a great night?? Son las dos de la tarde gordis, no entendiste nada.
Es un principio casi universal: las monedas de un centavo son capaces de revelar los comportamientos humanos más miserables. Están aquellos individuos que los amarrocan meticulosamente en sus carteras para pagar los chiquillajes. Claro, vos con tus hábitos de obsesivo compulsivo no viste la tremenda cara de culo que tenemos los que esperamos en línea mientras contás los trescientos cuarenta y ocho centavos, más los que se te caen al mostrador y al suelo, más los que estamos por meterte por las orejas si no te apurás. Otros optan por la caridad y usan sus pennies para la beneficencia, o los dejan de propina con discreto encanto de burguesía.
[Interior. Noche. Mi departamento]
Mi solución a este delicado problema de la vida cotidiana ha sido reciclar un frasco de mermelada para deshacerme de los endemoniados circulitos al final del día. Es uno de esos rituales que cumplo al llegar a casa, como intentando exfoliar las capas del alma que mueren con la monotonía diaria. Con un acto repetido, automático, absurdo. Igual de monótono.
Deberían ver mi emoción cuando me topé por primera vez con una moneda del año en que nací. De a poco comenzaron a aparecer otros años y otras décadas. Me acuerdo claramente aquel día del penny de 1963, que quizás compró las balas de Lee Harvey Oswald y me quedaron las manos ensangrentadas con los sesos de JFK desparramados en el asfalto de Dallas. Me sentía cómplice de la CIA, Joe Pesci, Fidel Castro, los anticastristas y la industria armamentista. En la Bahía de Cochinos el Che Guevara y yo fumábamos tranquilamente un habano, apoyados contra un misil sin detonar. “You want the truth? You can’t handle the truth!!!”
[Exterior. Mediodía. Un barrio indefinido de Chicago]
La más antigua de la colección data de 1928, cuando corren los tiempos difíciles previos a la Gran Depresión. Un hombre bien vestido compra flores para su prometida. La florista come la única comida caliente del día en un restaurante donde trabaja su hermano Giancarlo. Los dos vinieron de Italia hace pocos años. Giancarlo es un cocinero mediocre y no habla casi inglés. Espera impacientemente la llegada del hombre que todos los días compra un ramo de flores para su hermana. Fantasea con recibir algo más de él que encuentros furtivos en lugares oscuros, porque siempre lo dejan sintiéndose sucio y lleno de vergüenza. Sabe que los encuentros van a terminar cuando finalmente se casen. Aunque secretamente espera que no. De todas maneras, es tiempo que Giancarlo busque novia. A los 25 no se puede seguir soltero porque la mamma ya está sospechando.
[Interior. Noche. Mi departamento]
Ese día encuentro en el vuelto del café una moneda que, con poco esfuerzo, intenta disfrazarse de penny. Pero resalta entre las demás, por ser apenas más grande y menos cobriza. A estas alturas ya puedo desestimar que sea un centavo canadiense, que al menos se toma la molestia de ser del mismo tamaño. Sin haberla observado mucho, intuyo que hay algo llamativamente familiar. Imitando los movimientos de un experto numismático, la coloco suavemente en la palma de la mano derecha y me acerco a la luz de la lámpara. Del lado anterior se lee “Dos Centavos”. Así, en cristiano. Al darla vuelta, inmediatamente adivino el origen del escudo y las letras me lo confirman: “República Argentina, 1949”. Republica Argentina, medio siglo atrás y miles de leguas de viaje submarino.
[Exterior. Valle de los Reyes. Luxor, Egipto]
Me siento Howard Carter sin poder salir de su propio asombro, inspeccionando un preciado tesoro de la recién descubierta tumba de Tutankamón.
[Interior. Noche. Mi departamento]
Puedo perfectamente imaginar al turista argentino que cruzó todo un continente con los dos centavos moviéndose en el bolsillo al ritmo de las olas. A los pocos días de llegar a tierra encontró la oportunidad para aprovecharse de algún yanqui desprevenido y ventajear un paquete de cigarrillos o una botella de licor. El cobre de la moneda se vuelve aleación de plomo y mercurio. Me abruma el peso específico del complejo entretejido de transacciones que precedieron este encuentro de dos nativos de tierras argentas por algún capricho del cosmos. Esta moneda, aunque no por antigua, definitivamente destronó aquella de 1928.